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Fernando Castro La columna del día

La Danza de los Chicleros. El ritmo de la selva del Sur de México

Fernando Castro Borges

Al concluir la Guerra de Casta, a inicios del siglo XX; jefes mayas gozaban de los privilegios que les daba el gobierno, como el permiso para explotar el chicle en terrenos nacionales o la exención del pago de los derechos de explotación. Por lo que el árbol de Chicozapote, se convirtió en un objetivo para utilizar la tierra que se encuentra en la frontera con Belice y Guatemala.

El «chicozapote o xicotzápotl» o también conocido como el árbol del Chicle, llega a alcanzar una altura de 40m., y la resina de su corteza es utilizada para la elaboración de la famosa goma de mascar

Los mayas, originalmente sabían extraer la savia del árbol del chicle, que era abundante en la selva de la Península de Yucatán; a partir de ese momento histórico cobra relevancia industrial esta actividad y generar una fuente empleo (explotación) para quienes lo producían, “los Chicleros”. Esta fuerza laboral, fue tiranizada por empresas extranjeras principalmente; se registras las pésimas condiciones de trabajo con las que se enfrentaban todos los días, para la extracción de la goma de mascar.

Hablar de la profesión de los chicleros, en el sureste del país, es hablar de hombres rudos, identificados con la selva; los cuales vivían en los hatos dedicados en la producción de corte, recolección y empaquetado de la resina del árbol de chicozapote.

Esta actividad ha enaltecido a Quintana Roo, por lo que tiene dedicada una de las pocas danzas que enorgullece la tradición del cultural del sur del Estado: “La Danza de los Chicleros”. En este baile, se muestra la forma de diversión que tenían estos trabajadores, que vivían en campamentos en la selva, con la finalidad de extirpar de los arboles la goma.

El origen musical de eminentemente una influencia beliceña; el Bruckdown; (música destartalada), la cual con la presencia del calipso; se convierte en el sonido de la selva de la frontera sur; que hace sentir vivo a todo aquel que la escucha, su ritmo invita a no quedarse quieto, ser parte de los acordes, ser un elemento más del entorno.

Actualmente, este baile rescata la vida en los campamentos chicleros, retratando la forma de diversión de estos hombres toscos en donde bailaba una sola mujer con ellos. En esta representación se llega al clímax cuando uno de ellos intenta faltar el respeto queriéndose aprovechar de la mujer, originándose un lucha a machetazos que casi siempre lograban apaciguar, defendiendo la honorabilidad de la protagonista de esta vistosa danza.

En su ejecución, el vestuario que se requiere es bastante escueto; la mujer debe portar una falda floreada de cocina con atados a la cintura, así como collares y un sombrero con flores; mientras que los hombres usan un pantalón y camisa de mezclilla, un paliquéate rojo, una bolsa de henequén, un sombrero y botines negros; sin olvidar el elemento principal un machete, para disputar el “duelo”.

Esta danza quintanarroense hace alusión del éxito de tener un día más para disfrutar, a pesar de un trabajo arduo y con todas las inclemencias que ofrece la selva; hay un tiempo para ser feliz, para recrear una vida admirable, en la que a pesar de la crudeza de las condiciones hacen ser valorado el esfuerzo de cada jornada.

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