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Biocombustibles de segunda generación: cuando la basura agrícola vale más que el petróleo

EDIBON lidera el desarrollo de biocombustibles de segunda generación mediante procesos avanzados de conversión de biomasa. La transformación de residuos agrícolas y forestales en energía sostenible reduce emisiones y promueve una economía circular real. 

Redacción: Grecia Rodríguez 

Biocombustibles

Hay algo que está en duda, y es la manera en la que se manejan los residuos agrícolas. Cada temporada de cosecha se dejan millones de toneladas de tallos, pajas y cáscaras que se terminan quemando bajo el cielo o simplemente se descomponen sin que nadie les preste atención. Mientras tanto, el mundo sigue discutiendo de dónde va a sacar energía limpia en las próximas décadas. Pero los del campo llevan años esperando una respuesta, y que todo esto se aproveche. 

Y quien está poniendo esto a prueba es EDIBON, que, con su trabajo en biocombustibles de segunda generación, toman lo que el sector agrícola descarta y lo convierten en combustible real, sin utilizar cultivos alimentarios en todo el proceso. Y esto es muy importante. Los biocombustibles de primera generación, los que se fabrican con maíz o caña de azúcar, abrieron un debate sobre si tenía sentido quemar comida para mover vehículos. Pero la segunda generación evita este problema, ya que trabaja con biomasa lignocelulósica, que es el término técnico para todo el material orgánico no comestible que sobra después de la cosecha. 

El obstáculo durante muchos años fue lo químico. Esa biomasa tiene una estructura molecular resistente, compuesta de celulosa, hemicelulosa y lignina, y no se puede procesar fácilmente. Y descomponerla de buena manera y a un costo razonable fue el desafío por el que se detuvo este proceso. Lo que los ha ayudado a avanzar es el desarrollo de solventes como la gamma-valerolactona, que es uno de los más prometedores, porque facilita la extracción de los componentes clave de la biomasa con una eficiencia que los métodos anteriores no ayudaban. A partir de ahí, la hidrólisis hace su trabajo descomponiendo la celulosa en azúcares y luego se fermentan para producir etanol. Aunque la lignina era de las más difíciles de aprovechar, ahora ya hay manera de que se realice el proceso. 

El impacto ambiental de este enfoque no solo es reducir emisiones de CO2, sino que se trata de eliminar una práctica que nadie defiende pero que es común: quemar rastrojos formando humo y partículas que perjudican al ambiente. Por lo que convertir ese material en combustible es una solución para la contaminación. Otra de las cosas que no toman en cuenta es la dimensión económica: es la que recolecta, transporta y procesa residuos agrícolas que se generan en zonas rurales y que muy rara vez son beneficiados por las industrias. Las plantas de EDIBON están diseñadas para demostrar que este camino es viable fuera de los laboratorios, y que los residuos pueden ser parte del sistema energético. 

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