Redacción: Javier Escárcega
Un informe global advierte que el mundo ha entrado en una “bancarrota hídrica”, donde el consumo de agua dulce supera la capacidad de recuperación natural. Casi 4 mil millones de personas enfrentan escasez severa y los impactos ya afectan ciudades, agricultura y seguridad alimentaria.

Un informe global publicado el pasado 20 de enero de 2026, plantea que el planeta ha cruzado un umbral crítico en el manejo del agua dulce. Al igual que ocurre con una bancarrota financiera, la bancarrota hídrica representa un punto de inflexión que obliga a adaptarse a una nueva realidad. El consumo excesivo de agua, intensificado por los efectos del cambio climático, ha llevado a que numerosas regiones ya no puedan recuperarse de episodios recurrentes de escasez. Este fenómeno deja de ser coyuntural para convertirse en una condición estructural.
Las cifras reflejan la magnitud del problema son cerca de 4 mil millones de personas, casi la mitad de la población mundial, enfrentan una grave escasez de agua durante al menos un mes al año. En estos periodos, el acceso al agua no es suficiente para cubrir necesidades básicas como el consumo humano, la higiene o la producción de alimentos. Esta presión constante sobre los sistemas hídricos evidencia que el modelo actual de uso del agua es insostenible y profundiza las desigualdades sociales entre regiones y comunidades.
El concepto de bancarrota hídrica no es solo una metáfora del déficit de agua. Se trata de una condición crónica que aparece cuando un territorio utiliza más agua de la que la naturaleza puede reponer de manera natural. Además, se agrava cuando los ecosistemas que almacenan y filtran el agua como acuíferos, humedales y ríos sufren daños difíciles o imposibles de revertir. En este escenario, incluso años lluviosos ya no garantizan la recuperación de los sistemas hídricos.
Un estudio dirigido por Madani junto con el Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas concluye que el mundo ha dejado atrás las crisis hídricas temporales. Muchos sistemas naturales ya no pueden regresar a sus condiciones históricas, lo que los coloca en un estado de fracaso funcional. Por ello, el informe habla abiertamente de bancarrota, una situación en la que el capital natural hídrico ha sido agotado más allá de su capacidad de regeneración.
Al inicio, las señales parecen manejables, se extrae un poco más de agua subterránea en años secos, se perforan pozos más profundos, se instalan bombas más potentes o se transfiere agua entre cuencas. También se drenan humedales y se modifican ríos para expandir la agricultura o las ciudades. Sin embargo, estas soluciones temporales ocultan costos crecientes que se manifiestan con el paso del tiempo.
Entre esos costos ocultos se encuentran la reducción progresiva de lagos, la necesidad de profundizar constantemente los pozos y la transformación de ríos permanentes en cauces estacionales. En zonas costeras, el agua salada comienza a infiltrarse en los acuíferos, deteriorando la calidad del agua dulce. Uno de los efectos más visibles y sorprendentes es el hundimiento del suelo, un claro indicador de la bancarrota hídrica provocado por la sobreexplotación de los acuíferos.
La extracción excesiva de agua subterránea ha contribuido a un hundimiento significativo del terreno en más de 6 millones de kilómetros cuadrados en el mundo. Estas áreas incluyen importantes zonas urbanas donde viven cerca de 2 mil millones de personas. Ciudades como Yakarta, Bangkok y Ciudad Ho Chi Minh son ejemplos conocidos en Asia, mientras que en la Ciudad de México el suelo se hunde alrededor de 25 centímetros al año, un proceso prácticamente irreversible una vez que los poros del subsuelo se compactan.
La agricultura, responsable de aproximadamente el 70 % de la extracción mundial de agua dulce, es uno de los sectores más afectados por la bancarrota hídrica. Cuando el agua escasea, la producción agrícola se encarece, se pierden empleos y aumentan las tensiones sociales. Esto repercute en la seguridad alimentaria, eleva los precios de los alimentos, reduce la generación hidroeléctrica y puede detonar migraciones, conflictos y problemas de salud pública. Frente a este panorama, se plantea un cambio de enfoque como reconocer los límites reales del agua disponible, proteger el capital natural, gestionar la demanda de forma justa, mejorar la medición con tecnologías como la teledetección y planificar ciudades y economías para un futuro con menos agua. Al igual que en las finanzas, la bancarrota hídrica puede ser una oportunidad para corregir el rumbo antes de que el colapso sea irreversible.

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