Redacción: Grecia Rodriguez
Chile liderará la negociación del primer tratado mundial vinculado con la contaminación de plásticos. El embajador Julio Cordano fue elegido como presidente del Comité Internacional en Suiza para coordinar un acuerdo histórico que busca frenar la producción de 430 millones de toneladas anuales de residuos plásticos.

Suiza fue uno de los escenarios donde la diplomacia ambiental apostó sobre Chile. El embajador Julio Cordano acaba de recibir una de las responsabilidades más difíciles en lo que es la materia ecológica global, que es hacer que muchos países con diferentes intereses lleguen a un acuerdo sobre cómo detener la avalancha de residuos plásticos que ahoga a ecosistemas enteros.
La votación del comité internacional no fue casual, ya que Chile llegó con respaldos: ya prohibió bolsas y otros tipos de plásticos, y obligó a las empresas a hacerse cargo de sus envases. Pero Maximiliano Proaño, subsecretario de Medio Ambiente que se encontraba en la reunión, fue directo y dijo que lo que haga un país no solo alcanza cuando el problema cruza fronteras sin pedir permiso.
Los números hacen ver la urgencia de este problema. Hoy se fabrican 430 millones de toneladas anuales de plástico. Muchos de estos plásticos terminan tirados en cuestión de minutos. Y según las proyecciones de la ONU, si nadie pone un freno, para 2060 estaremos teniendo lo triple de contaminación plástica. Cordano, historiador convertido en diplomático especializado en ambiente en Nueva Zelanda, enfrentará problemas muy difíciles; se necesita que el tratado obligue de verdad, pero sin volverse inaplicable por exceso de idealismo. Ahí está el arte de negociar: lograr que todos cedan algo sin que el resultado final sea indiferente.
El mandato viene de 2022, cuando Naciones Unidas decidió que era momento de actuar. Lo que se busca es un instrumento que ataque el problema desde la raíz: regular producción, diseñar productos pensando en su segunda vida, garantizar reciclaje efectivo y crucial, asegurar dinero para que los países puedan cumplir.
La presidencia chilena llega en un momento estratégico. El sector privado y la sociedad civil también tendrán voz en estas negociaciones, reconociendo que la solución no puede venir solo de los gobiernos. La meta es ambiciosa: transformar la forma en que el mundo produce, consume y desecha plástico, priorizando la protección de los océanos, donde el daño ya es visible e irreversible en muchas zonas. Chile, con sus más de 4,000 kilómetros de costa, conoce esta realidad de la contaminación marina. El océano no negocia plazos, y el plástico que flota en sus aguas seguirá ahí por muchos años si este acuerdo no logra cambiar las reglas del juego.
El desafío que asume Cordano no solo es técnico, sino que es una carrera contra reloj. Mientras las negociaciones avanzan en salas de conferencias, millones de toneladas de plástico siguen llegando al mar. El éxito de este tratado podría marcar la diferencia entre un planeta que revierte el daño o uno que simplemente aprende a vivir con esta problemática.

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