Redacción Carlos Villa
Los gobiernos latinoamericanos han dejado a merced del crimen organizado el legado de las civilizaciones antiguas. Donde el Estado se ausenta, la gente se hace presente. Francisco Asturias y un grupo de pobladores en Petén protegen lo que queda de la selva maya.

A lo largo de la caminata de los ambientalistas en la lucha por la defensa de sus áreas naturales, se enfrentan a todo tipo de obstáculos estructurales: desde un sistema gubernamental que no prioriza la conservación de sus ecosistemas hasta grupos del crimen organizado que se apoderan de zonas donde el Estado está ausente y abusan de los recursos naturales del entorno.
Muchos activistas en defensa de la tierra por querer cambiar las cosas en el lugar donde viven terminan por ser abatidos, eliminados del mapa político, cualquiera que le incomode al Estado o al crimen organizado en sus actividades coercitivas, simplemente les cuesta la vida.
Por eso, aunque son pocas, resultan alicientes y esperanzadoras las historias de ambientalistas que su compromiso social es igual de proporcional a qué tanto arriesgan sus vidas por la conservación de sus entornos, como la historia de Francisco Asturias, líder táctico y militar de un grupo organizado en los límites de México y Guatemala para hacerle frente a la tala ilegal de árboles que perpetra el crimen en esta región.
Francisco comanda un grupo élite de guardaparques en la Reserva de la Biósfera Mirador Azul en Petén, Guatemala, municipio fronterizo con el estado de Campeche en México, en la inmensidad de la Selva Maya, uno de los pulmones más emblemáticos de Centroamérica.
Junto a un grupo de pobladores organizados, defienden esta reserva del crimen organizado que busca llevarse ilegalmente, entre muchos otros tesoros que alberga la selva, el granadillo, también clasificado taxonómicamente como platymiscium yucatanum, que además de sus peculiares colores, sus robustos brazos y su textura característica, es ambicionada para su conversión en muebles, ebanistería, marimbas o guitarras.
Al escasearse en territorio de la Selva Maya que es mexicano, el crimen organizado, que Francisco asume proviene de cárteles mexicanos, se ve en la necesidad de operar de manera extraterritorial para satisfacer su mercado negro, uno que, bajo el liderazgo de Francisco, busca detener.
En varias entrevistas, Francisco relata a través de sus anécdotas lo difícil que es asumir un compromiso social tan elevado con su lugar de origen que puede costarle la vida, cuenta cómo han sido días acampando pecho tierra, soportando la incesante picazón de las hormigas espiando a los taladores ilegales para ubicar sus campamentos, aprender de sus señales y capturarlos para acabar poco a poco con todas las células delictivas.
Cuenta Francisco también como por su labor ha recibido todo tipo de advertencias, amenazas, avisos y cualquier tipo de mensaje que busque intimidar su labor, pero él sostiene dignamente que sabe a lo que se arriesga. “Prefiero morir haciendo mi trabajo con dignidad, con honor, que ir y esconderme como un vil cobarde y dejarles un mundo destruido a mis hijos…” exponía en una publicación que subió a redes sociales respondiendo amenazas que le habían hecho llegar.
Sin embargo, su labor no solo se limita a la conservación de la preciada madera de la Selva Maya, pues el crimen organizado va también por el saqueo de piezas arqueológicas mayas, y la carne de especies como jabalíes y tepezcuintle para comercializarlas.
El trabajo de Francisco nos recuerda, inspira y funciona como aliciente para hacer consciencia que, ante la ausencia de un Estado incapaz de ofrecer protección para los ciudadanos y el medio ambiente, la gente se organiza exponiendo su vida, pero con un profundo amor y compromiso por la defensa de su naturaleza, de su patrimonio.

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