Redacción: Grecia Rodriguez
Durante 12 años, las defensoras de la Unidad Habitacional Morelos han resistido al proyecto minero Esperanza Silver, impulsado por empresas canadienses. Este proyecto de minería a cielo abierto consumiría 51% del acuífero de Cuernavaca, destruiría la selva baja de cerro El Jumil y amenaza a la zona arqueológica de Xochicalco, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

En la Unidad Habitacional Morelos, estado de Morelos, la defensa del territorio no es casualidad, es herencia. Las mujeres que fundaron esta comunidad en los años ochenta transmitieron a sus descendientes algo más valioso que la tierra: la valentía de protegerla. Cuatro décadas después, sus hijas y nietas enfrentan una nueva amenaza que pone en riesgo el agua, la biodiversidad y la vida comunitaria que sembraron sus ancestras.
Lliny Flores llegó hace 29 años a Loma Bonita, en el municipio de Xochitepec. Creció viendo cómo las mujeres sostenían la comunidad, y hoy que es profesora y activista de la colectiva Morelos Sin Mina, continúa ese legado. No es extraño que las mujeres sean las que retomen este ejercicio de defensa, porque hay una relación con el pasado. La historia de esta comunidad está marcada por el desplazamiento y la resistencia. Sus primeras habitantes llegaron huyendo de la violencia; algunas ya estaban afectadas por proyectos mineros. Por lo que se reubicaron colonias marginadas de Cuernavaca y pueblos de Guerrero, en busca de un lugar para reconstruir sus vidas. Lo que construyeron ahora está en la mira del proyecto minero Esperanza Silver, impulsado por empresas canadienses desde hace 12 años.
El proyecto trata de extraer oro, plata, cobre, arsénico y otros metales a cielo abierto de los cerros El Jumil y La Calabaza. Esta técnica es considerada como de las más destructivas; las consecuencias ambientales serían devastadoras: consumiría 51% del acuífero de Cuernavaca, dejando sin agua a miles de personas, y destruiría ecosistemas de selva baja donde viven aves, reptiles y anfibios.
La estructura minera está a solo 1.6 kilómetros de las viviendas y a dos kilómetros de la zona arqueológica de Xochicalco, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En 2013, la SEMARNAT rechazó la manifestación de impacto ambiental por el consumo desmedido de agua y la cercanía que hay con el lugar arqueológico.
El cerro El Jumil representa mucho más que un ecosistema. Es fuente de medicina tradicional, con plantas que cambian según la temporada de lluvias o sequía. Es un espacio ceremonial donde realizan ofrendas al agua y otros elementos relacionados con la naturaleza. “Para nosotras el agua no es un recurso, es una relación como si fuera una abuela viva”, lo mencionó Norma Garduño, defensora del territorio.
La participación femenina en defender su territorio tiene raíces muy profundas. “Cuando preguntábamos a las mujeres por qué se sumaban al movimiento, decían que lo hacían por sus nietos y sus hijos; es una historia que se replica a lo largo de nuestra comunidad”, recordó Lliny. Este rol que tienen de cuidadoras no solo protege el territorio, sino la salud de quienes aman.
La minería no es la única amenaza. Desde 2011, el Proyecto Integral Morelos trajo gasoductos, termoeléctricas y acueductos que alteraron al territorio. La comunidad ha resistido por 12 años. Actualmente, cuentan con una suspensión definitiva que impide la explotación mientras dura este proceso legal, pero las defensoras saben que necesitan la cancelación total del proyecto, ya que eso significaría justicia ambiental, acceso al agua limpia y esperanza para otros territorios amenazados. Mientras tanto, las defensoras de Morelos continúan su labor que iniciaron sus ancestras: proteger la tierra, el agua y la vida. Su lucha es un recordatorio de que cuando las mujeres defienden el territorio, defienden el mismo futuro.
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