Redacción: Javier Escárcega
Las sequías prolongadas, el cambio climático y la gestión del agua influyen en ellas, impactos ambientales, sociales y económicos a nivel global con base en investigación científica.
Las sequías prolongadas son periodos extendidos sin precipitaciones significativas que generan déficits de agua en suelos, ríos y acuíferos, afectando de manera profunda los sistemas naturales y humanos. A nivel hidrológico, una sequía meteorológica puede transformarse en una sequía agrícola o hidrológica, dada la persistencia de déficit de precipitación y la demanda de agua, lo que disminuye sustancialmente la capacidad de almacenamiento de las cuencas y reduce escorrentías y disponibilidad de agua superficial y subterránea. Esta propagación del déficit hídrico entre diferentes sistemas de agua subraya la complejidad de la sequía como fenómeno ambiental y socioeconómico.
El incremento en la frecuencia y duración de las sequías está estrechamente vinculado a las alteraciones en los patrones climáticos globales. Investigaciones recientes muestran que el cambio climático no solo modifica la cantidad de lluvia, sino también la evaporación del suelo y vegetación, intensificando los déficits hídricos incluso en regiones donde las precipitaciones no han disminuido drásticamente. Este aumento de la “sed” de la atmósfera o demanda evaporativa significa que la tierra pierde humedad más rápido, extendiendo y profundizando las sequías.
Los impactos de las sequías prolongadas son evidentes tanto en el ambiente natural como en la sociedad. Tierras agrícolas, bosques y vegetación en zonas áridas y semiáridas sufren una pérdida de productividad cuando los niveles de humedad del suelo disminuyen por largos periodos. Esto altera la capacidad de los ecosistemas para sostener la vida, reduce la biodiversidad y puede provocar cambios en la cobertura del suelo, lo que agrava la erosión y la degradación del hábitat.
Desde la perspectiva de los recursos hídricos, la disminución prolongada de lluvia y humedad tiene efectos pronunciados sobre la hidrología de cuencas. Estudios muestran que sequías de larga duración disminuyen la respuesta del escurrimiento anual a la precipitación, complicando la predicción y gestión de agua. En regiones áridas, estos efectos son más pronunciados, lo que puede traducirse en menos agua disponible para consumo humano, agricultura e industria, aumentando la competencia por recursos ya limitados.
Además de la escasez física de agua, las sequías sostenidas pueden degradar la calidad del agua. Menores caudales en ríos y embalses concentran contaminantes, nutrientes y sedimentos, elevando la temperatura del agua y afectando la vida acuática. Estas condiciones difíciles pueden exacerbar problemas de salud pública y aumentar los costos de tratamiento de agua potable, especialmente en comunidades vulnerables que dependen de fuentes superficiales sin tratamiento.
La seguridad alimentaria también está en riesgo durante sequías prolongadas. La agricultura depende del agua para riego y mantenimiento de pastizales; cuando estos recursos se agotan, la producción de cultivos y forrajes disminuye, lo que puede causar pérdidas económicas y aumentar los precios de los alimentos. En regiones donde millones de personas dependen de agricultura de subsistencia, este impacto puede traducirse en inseguridad alimentaria y migraciones forzadas hacia zonas urbanas o más húmedas.
Ante este panorama, expertos y organismos internacionales coinciden en que adaptación y gestión sostenible del agua son fundamentales para mitigar los efectos de las sequías prolongadas. Esto incluye inversiones en sistemas de almacenamiento y eficiencia hídrica, prácticas de agricultura resiliente, restauración de ecosistemas para mejorar la retención de agua en el suelo y políticas de manejo integrado de recursos hídricos. La cooperación global también es clave para desarrollar tecnologías de monitoreo y modelos que anticipen mejor las sequías y permitan respuestas más eficaces.
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