Redacción: Maggi Arreola Paola
Programas de la SEMARNAT, SEP y organizaciones globales como WWF para fomentar la sostenibilidad y la protección de la biodiversidad desde el aula.

La educación ambiental no es una materia aislada: es un proceso continuo que nos ayuda a comprender los problemas del entorno, a desarrollar habilidades para resolverlos y a tomar decisiones responsables en comunidad. Organismos como la UNESCO y la ONU reconocen que educar para la sostenibilidad es clave para afrontar cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación; no se trata solo de “saber”, sino de conectar conocimiento, valores, actitudes y participación para transformar realidades.
En América Latina, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente impulsa desde hace décadas una Red de Formación Ambiental que articula a ministerios y equipos técnicos de la región para compartir metodologías, indicadores y planes de trabajo; esta cooperación intergubernamental ha sido respaldada por decisiones de ministros y guías específicas para docentes y formadores.
En el caso de México, el esfuerzo se acelera con iniciativas públicas recientes: SEP y SEMARNAT firmaron un convenio para integrar la educación ambiental con enfoque territorial y de justicia socioambiental en todos los niveles, promover reforestación, restauración, gestión del agua y adaptación al clima, y fortalecer la educación indígena e intercultural. La apuesta es que las aulas sean el punto de partida para una nueva cultura ecológica y para acciones comunitarias concretas. [eleconomista.com.mx], [infobae.com]
En la práctica escolar, la SEP mantiene recursos didácticos y programas como “De escuela limpia a escuela sustentable” o actividades de germinación y plantación de árboles para que niñas, niños y jóvenes participen directamente en el cuidado del ambiente. Estas herramientas acercan la sostenibilidad a la vida cotidiana del plantel y de las familias.
La niñez y la adolescencia están en el centro de esta agenda. UNICEF advierte que la crisis climática ya interrumpe la educación de millones de estudiantes y pide que los sistemas educativos se preparen para mitigar, adaptarse y fortalecer su resiliencia, incorporando la educación climática desde etapas tempranas y poniendo a la infancia en el centro de la acción.
Las redes sociales, bien usadas, multiplican el alcance educativo. Estudios académicos muestran que son un canal eficaz para difundir contenidos confiables, activar participación y conectar a comunidades con proyectos ambientales; el reto es garantizar calidad de la información y ética comunicativa.
Si miramos el conjunto, la educación ambiental funciona cuando une institución, escuela, familia y comunidad. De arriba hacia abajo se necesitan políticas, alianzas y recursos; de abajo hacia arriba, proyectos de aula, huertos escolares, brigadas de separación de residuos, recuperación de áreas verdes y ciencia ciudadana. En medio, la comunicación clara y empática hace que todo eso se entienda, se quiera y se vuelva hábito. La meta no es perfecta, pero sí posible: formar generaciones que sepan por qué cuidar el entorno, cómo hacerlo y con quién construir cambios duraderos.

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