Redacción: Ximena Zarahi Moreno Luna
Expertos explican cómo diciembre y enero transforman el comportamiento de los ríos urbanos en México, afectando su flujo, contaminación y vida ecosistémica.

Los ríos urbanos experimentan transformaciones importantes durante el invierno, un periodo en el que el descenso de temperatura, la reducción de lluvias y los cambios atmosféricos modifican la manera en que fluyen, se limpian o se contaminan dentro de las ciudades. En México, donde estos cuerpos de agua suelen convivir con infraestructura, drenajes pluviales, zonas industriales y áreas habitacionales, el comportamiento invernal representa tanto beneficios como riesgos.
En primer lugar, el invierno trae consigo una disminución natural de las precipitaciones, lo que reduce de forma significativa el caudal de los ríos urbanos. Con menos lluvias que alimenten su flujo, muchos ríos entran en una etapa de caudal mínimo, donde la corriente es lenta y, en algunos casos, casi imperceptible. Esta condición vuelve más vulnerable el ecosistema, pues la baja circulación dificulta el proceso de autodepuración, que normalmente permite a los ríos diluir y procesar contaminantes.
Otro fenómeno característico de esta temporada es el aumento de inversiones térmicas, especialmente en valles y zonas metropolitanas como CDMX, Guadalajara o Monterrey. Estas inversiones atrapan contaminantes en capas bajas de la atmósfera, lo que incrementa la deposición de partículas y residuos en los ríos. En consecuencia, durante el invierno, la calidad del agua tiende a deteriorarse, ya que la lenta evaporación y el caudal reducido facilitan la acumulación de desechos, sedimentos y microplásticos.
La disminución de la radiación solar también influye en la temperatura del agua, que desciende durante diciembre y enero. Este enfriamiento afecta a las especies acuáticas que habitan los ríos urbanos, reduciendo su metabolismo y limitando su actividad. Algunas especies de peces e invertebrados pueden sufrir estrés térmico, mientras que algas y plantas acuáticas disminuyen su crecimiento. Aunque esto puede parecer positivo, ya que reduce la proliferación excesiva de algas, también implica que los ríos tienen menos capacidad biológica para filtrar contaminantes.
El invierno también modifica la interacción entre los ríos urbanos y la infraestructura pluvial. Ante lluvias ligeras pero constantes, comunes en frentes fríos de la temporada, los sistemas de drenaje pueden mezclar aguas residuales con escurrimientos limpios, generando descargas más contaminadas. Además, el arrastre de basura acumulada en calles por vientos fríos o lluvias menores termina casi siempre en los ríos, agravando su deterioro.
No obstante, el invierno también tiene efectos positivos. Las temperaturas bajas inhiben la proliferación de bacterias y ciertos patógenos, reduciendo riesgos sanitarios. Asimismo, la menor actividad recreativa o industrial en los alrededores de los ríos durante diciembre favorece una leve recuperación en algunos tramos.
En ciudades como Toluca, Puebla, León o Ciudad de México, el monitoreo de ríos urbanos en invierno se vuelve crucial para detectar obstrucciones, controlar olores, evitar inundaciones atípicas y prevenir daños ecológicos. Organismos ambientales recomiendan a las alcaldías reforzar limpieza, retirar desechos y vigilar descargas irregulares durante esta época para reducir riesgos.
En resumen, el invierno transforma profundamente a los ríos urbanos: baja el caudal, se ralentiza la depuración, aumenta la contaminación por partículas y la vida acuática entra en un periodo lento. Con estrategias de gestión adecuadas, estas condiciones pueden convertirse en una oportunidad para mejorar la salud de los cuerpos de agua antes de la llegada de las lluvias intensas.
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