Redacción: Astrid Sánchez
La producción de leche de almendras ha sido objeto de múltiples investigaciones ambientales, pues se analiza su huella hídrica, emisiones de gases invernadero y su impacto en los polinizadores.

La leche de almendras es sin duda alguna una de las opciones vegetales más consumidas en el mundo, especialmente entre quienes buscan alternativas a los lácteos. Sin embargo, la comunidad científica ha puesto bajo la lupa el impacto ambiental asociado al cultivo intensivo de almendras ya que algunos estudios ambientales señalan que, si bien este tipo de leche genera menos emisiones de gases invernadero a comparación de la leche de vaca, su producción a gran escala cuenta con una problemática grave relacionada con el uso de recursos hídricos y la degradación de ecosistemas.
Es importante tener en cuenta que la producción de almendras depende en gran medida de la polinización de abejas melíferas, por lo que esto obliga a los agricultores a “alquilar” millones de colmenas cada año, las cuales son trasladadas largas distancias para trabajar en monocultivos gigantescos. Este proceso de polinización y traslado forzado puede generar estrés, exposición a agroquímicos y enfermedades entre las poblaciones de abejas, contribuyendo al preocupante fenómeno de colapso de estas colonias a nivel mundial según biólogos e investigadores.
A esto se suma uno de los principales desafíos ambientales: el consumo de agua requerido para cultivar las almendras, cultivos que suelen ubicarse en zonas propensas a la sequía como California, en donde se concentra cerca del 80% de producción global. Investigaciones publicadas indican que estos cultivos pueden requerir miles de litros de agua, los cuales son significativamente superiores a los requeridos por otros cultivos vegetales como la avena o la soya.
Expertos en ciencia ambiental coinciden en que la evaluación del impacto de productos como la leche de almendras requiere un enfoque de análisis de ciclo de vida, en el que se consideren tanto los beneficios como los costos ecológicos asociados a su producción y transporte. La conclusión de estos expertos no es dejar de consumirla, sino entender que no existe una solución mágica a la alimentación industrializada.

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