Redacción: Michelle Velázquez Belmont
Conoce la Mentoria Mujeres por el Clima de SEDEMA y el Women’s Environmental Leadership Fund de Tides. Liderazgo femenino y justicia ambiental.

La intersección entre la crisis climática y la desigualdad de género ha dado lugar a respuestas institucionales y filantrópicas que buscan revertir décadas de exclusión. El programa Mujeres por el Clima, impulsado en la Ciudad de México por la Sedema y Semujeres bajo la red global C40, y el Fondo de Liderazgo Ambiental para Mujeres (WE LEAD) de la Fundación Tides, representan dos modelos de empoderamiento que, aunque comparten el objetivo de la justicia climática, operan bajo lógicas y alcances territoriales distintos.
Mientras el primero se estructura como un sistema de mentoría técnica y política dentro de un marco gubernamental urbano, el segundo funciona como un motor de financiamiento directo para comunidades históricamente marginadas, enfocándose en la autonomía económica y la resistencia frente a las industrias contaminantes.
En la Ciudad de México, la iniciativa Mujeres por el Clima se presenta como un ejercicio de transversalidad donde el Estado asume la responsabilidad de formar cuadros de liderazgo femenino. Este programa beneficia a veinte mujeres y colectivas, proporcionándoles herramientas de economía circular y acción climática para aterrizar proyectos de huertos urbanos, gestión de residuos y edificaciones sustentables.
La fuerza de esta organización radica en su capacidad de vinculación interinstitucional; no se trata solo de otorgar conocimientos, sino de insertar a estas líderes en la estructura de decisiones de la ciudad. El acompañamiento de personas expertas y la colaboración con organizaciones como Polea aseguran que las propuestas no sean esfuerzos aislados, sino componentes de una política ambiental que busca la resiliencia urbana hacia el año 2050. Aquí, el éxito se mide por la consolidación de planes de negocio y la creación de redes que permitan a las mujeres incidir en la agenda pública local.
Por el contrario, ‘’WE LEAD’’ adopta una postura más cercana a la justicia racial y la defensa del territorio desde la base comunitaria. Su radio de acción se extiende por diversos estados y Puerto Rico, priorizando a mujeres negras, indígenas y personas no binarias que enfrentan desproporcionadamente los estragos de la contaminación.
A diferencia del modelo de mentoría institucional de la Ciudad de México, WE LEAD se centra en la democratización del capital a través de subvenciones ambientales. Su enfoque reconoce que las soluciones más efectivas suelen provenir de quienes habitan las zonas de sacrificio ambiental.
El caso de organizaciones como ACTS en Houston, que combate la contaminación industrial mediante ciencia ciudadana, ejemplifica la filosofía de este fondo: invertir en quienes ya están en la primera línea de batalla contra las grandes empresas contaminantes, fortaleciendo su poder político y su capacidad de respuesta ante emergencias.
La divergencia más notable entre ambas reside en el origen del poder y la gestión del recurso. Mujeres por el Clima es un programa de capacitación y visibilidad que utiliza el prestigio de una red de ciudades globales para validar el liderazgo local bajo el amparo del gobierno.
Actúa como un fondo de justicia social que busca trasladar el poder y los recursos financieros directamente a las comunidades de color para que estas mantengan su autonomía. Uno apuesta por la formación y la integración en el sistema de gobernanza urbana; el otro apuesta por la financiación de la resistencia y el fortalecimiento de la soberanía comunitaria frente a sistemas injustos.
Ambas organizaciones coinciden en un diagnóstico fundamental: no hay solución a la crisis ambiental sin una transformación profunda de las relaciones de género y poder. Sin embargo, mientras la propuesta mexicana se enfoca en la profesionalización y la creación de una economía verde inclusiva dentro del tejido citadino, la iniciativa de Tides se enfoca en la supervivencia y la justicia racial en contextos de alta vulnerabilidad.
Estas dos visiones son complementarias en el mapa global de la ecofeminismo, demostrando que para salvar el planeta es necesario tanto el diseño de políticas públicas con perspectiva de género como el flujo de capital directo hacia quienes defienden la tierra con sus propios cuerpos.

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