Redacción: Maggi Arreola Paola
La fractura hidráulica o fracking genera preocupación por riesgos documentados como la contaminación de acuíferos, emisiones de metano, sismos inducidos y alto consumo de agua, especialmente en regiones del norte de México donde se ubican yacimientos potenciales. Ante la posible implementación de proyectos piloto, el Gobierno enfrenta retos técnicos y posibles conflictos sociales vinculados al impacto ambiental y comunitario.
El reciente avance de México hacia la implementación del fracking, respaldado oficialmente en aras de fortalecer la soberanía energética, marca un punto decisivo en la estrategia energética del país. Este método de extracción de hidrocarburos, conocido también como fracturación hidráulica, ha suscitado debates acalorados a nivel global, debido a su impacto ambiental, económico y social. En este contexto, es relevante analizar las posibles implicaciones de esta decisión en términos de beneficios, consecuencias y afectaciones.
El argumento principal que sostiene el gobierno mexicano para considerar el fracking es la promesa de una mayor independencia energética. A través de esta técnica, se buscaría explotar yacimientos no convencionales que podrían contener ingentes cantidades de petróleo y gas natural. Con ello, se proyecta satisfacer la creciente demanda interna de energía y reducir la dependencia de la importación de combustibles del extranjero. Al mismo tiempo, esta iniciativa tiene el potencial de generar empleos y atraer inversiones en regiones con recursos suficientes para implementar este método.
Sin embargo, no puede ignorarse que el fracking está rodeado de preocupaciones ambientales significativas. Entre los efectos más relevantes se encuentra la demanda intensiva de agua potable, recurso esencial para el proceso de inyección del fluido de fracturación. Este consumo puede generar tensiones en comunidades donde ya existe escasez hídrica, incrementando los riesgos asociados al suministro y acceso al agua. Adicionalmente, está documentado que dicha técnica puede ocasionar fugas de metano a la atmósfera, un gas altamente contaminante que contribuye al calentamiento global.
Por si fuera poco, existen riesgos directos para las comunidades locales. Diversos estudios internacionales han asociado el uso del fracking con un aumento en la actividad sísmica inducida, así como con posibles contaminaciones químicas que afectan tanto al suelo como a los acuíferos cercanos. Esto plantea serias inquietudes respecto al bienestar y la salud pública en las áreas donde podría implementarse la técnica.
A pesar de estas advertencias, los defensores del fracking argumentan que una regulación estricta y una supervisión efectiva pueden mitigar varios de estos impactos negativos. En este sentido, se plantea que el desarrollo tecnológico podría jugar un papel crucial para minimizar los daños ambientales y garantizar la viabilidad económica del proyecto a largo plazo.

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