Groenlandia: donde el deshielo rompe vidas, no solo hielo
Redacción: Samuel Giraldo
El acelerado deshielo en Groenlandia evidencia los efectos del cambio climático en el Ártico, donde el aumento de temperaturas amenaza ecosistemas, eleva el nivel del mar y pone en riesgo tradiciones milenarias como el uso de trineos de perros en Ilulissat.
En el extremo norte de Groenlandia, donde el hielo ha sido durante tantos años el camino natural de sus habitantes, la historia de Jorgen Kristensen refleja el profundo vínculo entre cultura y naturaleza. Criado en una pequeña comunidad ártica, encontró en los perros de trineo no solo compañía, sino también refugio frente a la discriminación que sufrió en su infancia por su apariencia distinta. Aquellos animales marcaron su vida y lo llevaron a convertirse en campeón nacional de trineo en cinco ocasiones. Sin embargo, hoy su testimonio no solo habla de tradición y superación personal, sino también de una transformación ambiental que amenaza con borrar parte esencial de la identidad inuit.
Durante más de mil años, los trineos tirados por perros han sido fundamentales para la caza y la pesca en el Ártico. No eran únicamente un medio de transporte, sino un símbolo de conexión entre comunidades y territorios. En la ciudad de Ilulissat, situada al norte del Círculo Polar Ártico, esa realidad está cambiando drásticamente. Los inviernos, que en la década de 1980 alcanzaban temperaturas cercanas a los –25 grados Celsius, ahora registran jornadas por encima del punto de congelación. La ausencia de nieve y la falta de hielo en la bahía durante enero, algo impensable décadas atrás, impiden que los trineos se deslicen como antes, impiden que los trineos se deslicen como antes. El suelo desnudo y rocoso ha sustituido la superficie blanca que alguna vez funcionó como una inmensa autopista natural.
El impacto del calentamiento global no se limita a la pérdida de prácticas tradicionales. El deshielo del permafrost provoca que edificaciones se hundan y que las tuberías se fracturen, afectando la infraestructura local. Además, el retroceso del glaciar Sermeq Kujalleq, considerando uno de los más activos del planeta según la UNESCO, contribuye de manera significativa al aumento del nivel del mar, fenómeno documentado también por la Nasa. El hielo que se desprende de Groenlandia no solo altera el paisaje ártico, sino que repercute en costas lejanas, desde Europa hasta islas del Pacífico. Lo que ocurre en esta región remota tiene consecuencias globales.
A ello se suma la contaminación, especialmente el carbono negro generado por el tráfico marítimo y las partículas derivadas de erupciones volcánicas en la cercana Islandia. Estos residuos oscurecen la superficie del hielo, reducen su capacidad de reflejar la luz solar y aceleran el derretimiento. El Ártico se está calentando tres veces más rápido que el promedio mundial, lo que incrementa los riesgos para pescadores y cazadores. El hielo formado por la lluvia, más transparente y frágil puede confundirse con el mar y convertirse en una trampa mortal.
Frente a este panorama, muchos habitantes de Groenlandia advierten que no solo está en juego un ecosistema, sino una herencia cultural milenaria. La posible explotación de minerales revelados por el deshielo ha despertado intereses geopolíticos, pero para comunidades como la de Kristensen la prioridad es preservar su forma de vida. Más allá de las cumbres internacionales, la educación y la conciencia colectiva resultan esenciales. Comprender que los glaciares son tan vitales como las grandes selvas tropicales implica reconocer que proteger el hielo ártico es proteger el equilibrio del planeta. Si no se actúa con responsabilidad y visión a largo plazo, la pérdida no será solamente ambiental, sino también humana y cultural.
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