Redacción: Javier Escárcega
La más reciente cumbre climática volvió a evidenciar la fuerza de los intereses petroleros, que bloquearon cualquier intento de avanzar hacia un acuerdo claro para dejar atrás los combustibles fósiles. Con una presencia récord de cabilderos y la omisión deliberada de términos clave en el borrador final, la reunión en Belém terminó envuelta en críticas y decepción, mostrando nuevamente las dificultades para lograr compromisos reales frente a la crisis climática.

La décimo tercera reunión de la comunidad internacional firmante del debilitado Acuerdo de París terminó marcada por la misma tensión que ha frenado por años el avance climático: los intereses petroleros. Una vez más, los grupos de presión vinculados al petróleo, gas y carbón bloquearon cualquier intento serio de acordar una ruta clara para abandonar los combustibles fósiles. La propuesta impulsada por 30 países y múltiples organizaciones para incluir en la declaración final una “hoja de ruta” hacia la eliminación de estos combustibles fue rechazada contundentemente.
El peso del cabildeo quedó al descubierto con cifras alarmantes. Un total de 1,602 cabilderos de empresas fósiles asistieron a la COP, una cifra mayor que la delegación conjunta de los diez países más vulnerables al cambio climático y equivalente a uno de cada 25 acreditados. El análisis, elaborado por la ONG Kick Big Polluters Out, evidenció que esta representación rompió récord en comparación con la COP26 en Glasgow, reflejando el creciente poder de influencia de la industria contaminante en las negociaciones climáticas.
Este nuevo fracaso genera particular indignación, considerando que el objetivo de estas cumbres es cumplir la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, adoptada desde 1992 para estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero y evitar una interferencia peligrosa de la humanidad en el clima. Treinta años después, la urgencia climática es mayor, pero la acción colectiva sigue frenada por los intereses energéticos tradicionales.
En esta edición celebrada en Belém, Brasil, la palabra “combustibles fósiles” fue eliminada deliberadamente del borrador final, como resultado de la fuerte oposición de países productores encabezados por Arabia Saudita, así como Rusia, India y otras naciones emergentes con alto consumo energético. Ante ello, alrededor de 36 países entre ellos miembros de la Unión Europea, Chile y Colombia, expresaron su rechazo y profunda decepción. El presidente colombiano, Gustavo Petro, incluso criticó públicamente el documento por esta omisión considerada grave para la integridad del proceso.
Tras dos semanas de negociaciones, la cumbre concluyó con un acuerdo de compromiso centrado en financiamiento para países en desarrollo y acciones climáticas voluntarias, sin ningún mandato vinculante para la eliminación progresiva de los combustibles fósiles. En síntesis, la COP volvió a cerrar sin avances contundentes, reforzando la percepción de que el estancamiento y la falta de resultados significativos se han convertido en una constante en estas reuniones internacionales.

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