Cambio climático Clima y Crisis

México frente a un 2026 histórico por calor extremo y deterioro ambiental global

Redacción: Samuel Giraldo

México enfrentará el cuarto año consecutivo con temperaturas altas con récords históricos frente al deterioro ambiental y el cambio climático, sus efectos en las temperaturas, olas de calor, escasez de agua y los riesgos ambientales. 

México frente a un 2026 histórico por calor extremo y deterioro ambiental global
Planet Earth – ecology concept, global warming concept, the effect of environment climate change. Elements of this image furnished by NASA (https://visibleearth.nasa.gov/)

Las señales del deterioro ambiental a escala global son cada vez más evidentes y preocupantes. Desde finales del siglo XX, los ecosistemas del planeta han sufrido una degradación acelerada como resultado directo de la intervención humana. La explotación intensiva de los recursos naturales, el crecimiento urbano desordenado y el uso excesivo de combustibles fósiles han provocado el agotamiento, daño e incluso la desaparición de numerosos sistemas ecológicos. Si bien la ciencia reconoce que la Tierra ha atravesado cambios ambientales a lo largo de millones de años por causas naturales, el ritmo y la magnitud de las transformaciones registradas en los últimos dos siglos no tienen precedentes. En este contexto, el calentamiento global se posiciona como una de las amenazas más graves para la estabilidad climática del planeta. 

En México, los efectos de esta crisis climática ya son visibles. De acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional, se prevé que marzo próximo se convierta en el mes más caluroso de la última década, con temperaturas promedio cercanas a los 30 grados Celsius. Este escenario se asemeja al registrado en 2017 y viene acompañado de una advertencia: el periodo de calor extremo podría extenderse desde mediados de marzo hasta finales de octubre. Las altas temperaturas afectarán a todo el territorio nacional, especialmente a entidades del norte y sureste, donde el termómetro podría superar los 40 grados Celsius. 

Este incremento térmico provocará que los frentes fríos pierdan intensidad conforme avance el año, reduciendo su impacto hacia el cierre de la temporada de sistemas frontales, prevista para mayo. Paralelamente, 2026 apunta a convertirse en el cuarto año consecutivo con récords históricos de temperatura a nivel global, lo que incrementa la probabilidad de sequías prolongadas, olas de calor más intensas, lluvias torrenciales y fenómenos meteorológicos extremos como huracanes. 

Las olas de calor representan uno de los riesgos más constantes, para el año en curso se estima al menos cinco episodios de este tipo, principalmente entre marzo y junio. Lo alarmante no es solo su presencia, sino el aumento en su frecuencia, duración e intensidad. Estas condiciones impactan de manera negativa en la salud pública, la producción agrícola, la disponibilidad de agua y la calidad del aire. Especialistas definen una ola de calor como un periodo de más de tres días consecutivos con temperaturas superiores al promedio regional. 

Diversos organismos internacionales advierten que este fenómeno continuará intensificándose hasta al menos el año 2060, aun cuando se logren reducciones significativas en las emisiones de gases de efecto invernadero. En consecuencia, la población deberá adaptarse a un nuevo escenario climático que implicará mayores costos económicos, presión sobre los sistemas de salud y una gestión más eficiente de los recursos naturales. 

México se encuentra entre los países más vulnerables frente al calentamiento global, debido a su compleja diversidad climática, geográfica y ambiental. Investigadores de la UNAM alertan que el país avanza hacia un proceso de desertificación severa, impulsado por la deforestación, el cambio de uso de suelo y la falta de políticas públicas eficaces. Regiones con selvas y bosques en estados como Chiapas, Guerrero, Veracruz y la Península de Yucatán ya muestran señales claras de este deterioro. 

Frente a este panorama, la gestión del agua y la conservación del suelo deben convertirse en ejes centrales de la estrategia nacionales contra el cambio climático. El monitoreo de acuíferos, la recuperación de suelos, el fortalecimiento de la infraestructura hidráulica y la protección de áreas naturales son acciones urgentes que deben trascender los discursos y materializarse en políticas concretas. La crisis climática no es un problema futuro, sino una realidad presente que exige respuestas inmediatas y compromiso generacional para evitar consecuencias irreversibles. 

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