Ríos y corrientes marinas actúan como cintas transportadoras de plástico hacia los océanos. La UNAM alerta sobre el impacto en ecosistemas y salud humana.
Redacción: Daniel Noriega

A menudo pensamos que tirar una envoltura en la calle de una ciudad sin costa es un problema local de mala imagen. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja y aterradora. Según investigaciones recientes destacadas por la UNAM, nuestros desechos emprenden un largo y destructivo viaje a través de una red hídrica global, convirtiendo a los ríos y corrientes marinas en verdaderas autopistas que alimentan la crisis de contaminación en los océanos.
La especialista Rosa María Gómez Espinoza, en el marco del Foro Abierto “La Ciencia más allá del aula” de la Facultad de Química de la UNAM, ha puesto el dedo en la llaga sobre un mecanismo invisible para la mayoría: la dinámica de transporte de contaminantes. No es que la basura aparezca mágicamente en medio del Pacífico; llega ahí impulsada por fuerzas naturales que hemos convertido en cómplices de nuestra irresponsabilidad.
Los ríos juegan el papel de arterias principales
Se estima que el 80% de la basura marina proviene de actividades humanas en tierra firme y es arrastrada por corrientes fluviales. Estos cuerpos de agua recogen plásticos de ciudades, zonas industriales y vertederos a cielo abierto, transportándolos implacablemente hasta desembocar en el mar. Una vez ahí, la física del planeta toma el control.
Gómez Espinoza explica que la rotación de la Tierra y las diferencias de temperatura entre masas de agua generan enormes remolinos o giros oceánicos. Estos actúan como trampas gigantes, concentrando los desechos en puntos específicos. El resultado son las famosas “islas de plástico”, acumulaciones masivas de residuos que flotan a la deriva. Actualmente, las zonas más críticas se encuentran en el Pacífico Norte y Sur, el Atlántico Sur y el Océano Índico.
El problema se agrava con el tiempo
La radiación solar y el golpeteo del agua fragmentan estos objetos en microplásticos, partículas diminutas que son ingeridas por el plancton y los peces, entrando así en la cadena alimenticia que termina en nuestros propios platos. Ya no se trata solo de “salvar a las tortugas”, sino de una amenaza directa a la seguridad alimentaria y la salud pública global.
Además, se ha detectado que estas “islas tóxicas” no solo son de plástico inerte; funcionan como balsas para especies invasoras y concentran contaminantes químicos, alterando ecosistemas que deberían ser prístinos.
Urge un cambio de paradigma en el consumo y la gestión de residuos
La solución no es sencilla, pero el diagnóstico es claro: mientras sigamos viendo a los ríos como drenajes y al mar como un vertedero infinito, estas “rutas del plástico” seguirán abiertas. La próxima vez que uses un plástico de un solo uso, recuerda que su destino final podría no ser el bote de basura de tu casa, sino el estómago de un pez al otro lado del mundo o una isla flotante del tamaño de un país.

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