Redacción: Hena M. Andrés Cuevas
Los conocimientos heredados de generaciones empiezan a formar parte de nuevas políticas ambientales. Con ellos, se busca construir una relación más equilibrada entre la gente y su entorno natural.

En los últimos años se ha hablado mucho de qué hacer para mejorar la relación que tenemos con el medio ambiente. Entre tantas propuestas modernas y soluciones avanzadas, hay una idea que empieza a tomar más fuerza dentro de varias iniciativas públicas: recuperar los saberes ancestrales para sanar la tierra. Y aunque esto suena muy profundo, en realidad es algo que varias comunidades han hecho por generaciones, solo que ahora empieza a reconocerse desde espacios oficiales.
En diferentes regiones del país, autoridades locales y dependencias ambientales están buscando acercarse más a las comunidades indígenas y rurales, no solo para escucharlas, sino para trabajar con ellas. La razón es sencilla: durante muchísimo tiempo han cuidado sus territorios sin necesidad de tecnologías complicadas, y lo han hecho basándose en prácticas que respetan los ciclos naturales. Ahora, ante tanto desgaste ambiental, estas prácticas vuelven a verse como una guía importante.
Un ejemplo que se está retomando es el manejo tradicional de la tierra. Muchas comunidades siguen sembrando de acuerdo con el clima, la luna, y el comportamiento del suelo. La famosa milpa no es solo una siembra de maíz; es un sistema completo donde conviven varias plantas que se apoyan mutuamente. Para las dependencias encargadas del campo, este sistema representa una manera real de regenerar suelos sin depender de químicos o maquinaria pesada. Por eso, cada vez más programas impulsan talleres para que otras personas conozcan y recuperen estas técnicas. En lugares como Oaxaca, por ejemplo, se están fortaleciendo bancos comunitarios de semillas nativas para proteger variedades de maíz que ya casi no se encuentran, y esto ha sido posible gracias al conocimiento que las familias han guardado por generaciones.
Otro aspecto que se está revalorando es el manejo del agua. Antes se construían canales, bordos y hasta sistemas de captación que hoy parecen muy modernos, pero ya existían. En algunos municipios, las autoridades están colaborando con habitantes locales para recuperar estos métodos y adaptarlos a la situación actual, sobre todo en lugares donde la sequía ya es un problema serio. En zonas montañosas de Guerrero, Oaxaca y Chiapas, por ejemplo, se están reconstruyendo terrazas de piedra para evitar la erosión y retener humedad, algo que se hacía desde hace mucho tiempo y que ahora vuelve a funcionar. Es un trabajo lento, pero las comunidades insisten en que así es como siempre ha funcionado mejor.
También hay iniciativas enfocadas en los bosques. En varias zonas rurales, la gente sabe identificar qué árboles deben podarse, cuáles deben dejarse crecer y qué partes del bosque pueden aprovecharse sin dañarlo. Por eso, algunas instituciones públicas están implementando programas que permiten que las propias comunidades administren estos espacios, ya que ellas tienen una conexión directa con la tierra y su equilibrio. En la Sierra Norte de Oaxaca, por ejemplo, comunidades como Ixtlán de Juárez y Capulálpam de Méndez llevan décadas cuidando sus bosques con asambleas y decisiones colectivas, y ahora ese modelo comunitario está siendo tomado como referencia en otros proyectos oficiales.
Lo interesante de todo esto es que no se trata de reemplazar lo moderno con lo antiguo, sino de combinar ambas cosas. En muchos de estos proyectos se usan herramientas actuales, como mapas digitales y análisis de suelos, pero siempre guiándose por el conocimiento que ya existía desde mucho antes. Incluso, en algunas regiones se están siguiendo calendarios tradicionales para definir cuándo sembrar árboles de reforestación, porque la gente mayor reconoce ciclos del clima que ayudan a que las plantas sobrevivan mejor. La idea principal es que sanar la tierra no es algo inmediato, sino un proceso que se construye día a día con respeto y constancia.
Los saberes ancestrales no son solo tradiciones bonitas; son formas de vida que han resistido por siglos. Y ahora, gracias a estas iniciativas públicas, están recibiendo la atención que merecen. Porque tal vez la clave para avanzar sea, justamente, mirar hacia lo que siempre estuvo ahí.

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