Redacción: Ximena Zarahi Moreno Luna
El descarrilamiento del Tren Interoceánico reaviva críticas por negligencia, sobrecostos y graves impactos ambientales en el sur del país.
El 28 de diciembre, a las 9:28 de la mañana, el Tren Interoceánico descarriló en la comunidad de Nizanda, Oaxaca, tras casi una hora y media de haber salido de Salina Cruz. La estructura metálica de varios vagones cayó a un barranco, provocando una de las tragedias ferroviarias más graves de los últimos años en México. El saldo fue devastador: 14 personas fallecidas, más de un centenar de heridos y una profunda herida social que sacudió al país y generó eco en medios internacionales.
El accidente ocurrió en cuestión de segundos, pero fue el resultado de una larga cadena de decisiones cuestionables, improvisaciones técnicas y advertencias ignoradas. El Tren Interoceánico fue impulsado como una de las obras emblemáticas del expresidente Andrés Manuel López Obrador, presentado como un proyecto estratégico capaz de competir con el Canal de Panamá en el traslado de mercancías y pasajeros, aunque por vía férrea. Hoy, esa narrativa se enfrenta a una realidad marcada por la tragedia humana y el deterioro ambiental.
Especialistas han señalado que la construcción del tren se realizó en una región de alta fragilidad ecológica. El Istmo de Tehuantepec alberga ecosistemas diversos que incluyen selvas bajas, humedales, manglares y corredores biológicos fundamentales para especies endémicas y migratorias. La apertura de vías férreas implicó la remoción de vegetación, la fragmentación del hábitat y la alteración de suelos, afectando directamente a la flora y fauna locales.
El descarrilamiento agravó estos impactos. El desplome de los vagones hacia el barranco generó contaminación del suelo y riesgos de filtración de residuos industriales, aceites y combustibles. Además, el ruido, las vibraciones y la presencia de maquinaria pesada han provocado el desplazamiento de especies silvestres, particularmente aves, reptiles y pequeños mamíferos que dependen de estos ecosistemas para sobrevivir. Comunidades locales han advertido también sobre la posible afectación a cuerpos de agua cercanos, esenciales para la subsistencia de la región.
Este patrón se repite en otras obras consideradas “faraónicas” del sexenio anterior. La cancelación del aeropuerto de Texcoco y la construcción del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles no solo representaron un sobrecosto multimillonario, sino también impactos ambientales severos por el cambio de uso de suelo y la presión urbana en zonas ecológicamente sensibles. A ello se suma la Refinería de Dos Bocas, instalada en una región pantanosa y vulnerable, donde la deforestación, la alteración de manglares y el riesgo de contaminación han sido ampliamente documentados.
El Tren Maya es quizá el ejemplo más señalado a nivel internacional. Su trazado implicó la destrucción de grandes extensiones de selva, afectando gravemente a especies emblemáticas como el jaguar, además de poner en riesgo cenotes, acuíferos subterráneos y vestigios arqueológicos. En todos los casos, el discurso del desarrollo fue utilizado para justificar daños ecológicos irreversibles.
En el caso del Tren Interoceánico, la tardanza en informar las causas del descarrilamiento ha despertado sospechas. Expertos y organizaciones civiles han advertido desde hace años sobre deficiencias en la calidad del balasto, el uso de durmientes deteriorados y vagones obsoletos adquiridos como chatarra en el extranjero. Estas condiciones no solo ponen en riesgo a los usuarios, sino que incrementan la probabilidad de accidentes con consecuencias ambientales severas.
La indignación crece ante la percepción de que se buscará responsabilizar a “chivos expiatorios”, como ha ocurrido en tragedias pasadas, mientras los verdaderos responsables quedan impunes. La combinación de negligencia gubernamental, ambición empresarial y falta de supervisión técnica ha dejado una estela de muerte, daño ecológico y desconfianza social.
Más allá de las pérdidas humanas, el accidente del Tren Interoceánico deja una pregunta incómoda: ¿cuánto más puede soportar el medio ambiente mexicano bajo proyectos que priorizan el discurso político sobre la seguridad y la sostenibilidad? La devastación de ecosistemas, la afectación a la biodiversidad y el riesgo permanente de nuevas tragedias evidencian que el costo real de estas obras no se mide solo en pesos, sino en vidas y en daños ambientales que podrían ser irreversibles.














